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sábado, 25 de agosto de 2007

BENDITAS SEAN LAS MUJERES QUE LUCHARON POR PARAGUAY



A las mujeres paraguayas, sinónimas de fuerza y fe, que permanecieron incansables junto a sus familias en las contiendas de la Guerra Grande.


En la retaguardia del ejército Nacional del Paraguay, ayudando a sus esposos e hijos, los siguen una pequeña tropa de mujeres hirsutas, con más aspecto de algún animal salido de la selva que de las niñas y señoras de la sociedad azucena que solían ser. Enfermeras, cocineras y criadas; institutrices, prometidas, mujeres y amantes de señores importantes; hijas de banqueros, pianistas y madres de guerreros guaraní; todas se veían igual.

Sin clases sociales, sin edad, sólo mujeres con los cabellos desgreñados, famélicas y harapientas con la fuerza de un animal salvaje, peleando codo a codo con cualquier hombre como un soldado más.

Tanto así las llamadas “residentas” como “destinadas”

tenían permiso de abandonar las tropas y las batallas. Las residentas eran todas las madres, hijas, hermanas, esposas y amantes que, por el solo efecto de su encarnado amor u odio y sed de venganza, vieron que la patria estaba donde estaba la endeble tropa paraguaya.

Patria ya no era ninguna porción de tierra, ya no pertenecían a ningún lugar físico. Todo lo construido o sembrado había ya desaparecido.

Patria era el espíritu que las empujaba a seguir tirando de los carros con municiones; era lo que las impulsaba a curar los heridos y limpiar mugre y pus de las carnes abiertas de sus vecinos y amigos.

Patria eran sus familias, aquellas que debían ser enterradas en el camino hacia quien sabe a dónde. Quien sabe a donde... muy dentro suyo lo sabían, hasta el niño más pequeño del campamento lo sabía.

Este camino conducía a dos lugares al mismo tiempo, conducía a la perdición de sus cuerpos y su abandono al dolor, y a su vez los llevaba directo a la salvación de sus almas. O al menos eso era lo que creían, y cuando uno cree mucho en algo, ¿esta creencia no se convierte en verdad?.
Las destinadas eran aquellas desgraciadas mujeres acusadas o sospechadas de traición, encubrimiento o complicidad en contra del mismo Mariscal o la causa, que al final de cuentas eran lo mismo. A muchas la desesperación de ver tantas muertes, el deber de protección de sus familias y el temor al futuro las forjó en acero, haciéndolas fuertes guerreras, verdaderas amazonas de su tierra; pero a otras la misma desesperación de ver las mismas muertes, la desesperación del hambre, el abandono y el trabajo a los que muchas no estaban acostumbradas y sobre todo el terror de las torturas y ultrajes al que serían sometidas si cayeran como prisioneras de guerra, las destruyó de tal manera que fueron capaces de planear e intentar asesinar a todos los que fuera necesario para que la guerra terminara.

Los mejores asesinos son los llevados por la desesperación, pues no tienen nada que perder.


(...) ¿Es sacrificio inútil o bárbaro ver a las madres esconder las lágrimas mientras empujan a sus niños disfrazados con barbas postizas a la batalla?

Con su bendición para la muerte y el perdón de Dios por las que causen. Con la promesa de volverse a ver y abrazarse muy pronto, en el mejor y más largo de todos los besos y abrazos, no es bárbaro pelear por la propia vida y enseñar a los hijos a hacerlo, a defenderse y defender su dignidad de ser hombre y mujeres libres.
El lobo hambriento no perdonará a nadie, y a los pocos que sobrevivan les succionarán el mínimo de fuerza que les quede en sus músculos, tirándolos a trabajar como esclavos en los yerbatales, en los algodonales, en sus orgías de terror. Y las mujeres, las que sobrevivan las contiendas, desearán haber muerto que sentir la lascivia infernal de cientos de hombres, de bestias carroñeras.

FUENTE: FRAGMENTO DE LA NOVELA EN PREPARACIÓN " TIERRA GUARANÍ, CÁNTARO DE LA SANGRE ETERNA"

"EL CUERPO DE LA GUERRA DEL PARAGUAY" Alai García Diniz


FOTOGRAFÍA: TRABAJO PROPIO SOBRE UN MURAL DEL PARQUE MITRE, CIUDAD DE CORRIENTES CAPITAL DE PROVINCIA DE CORRIENTES, ARGENTINA.